Esa tarde me reuniría
con mi amigo el Doctor Smith, él, hombre ya de cincuenta
años y graduado con honores en la Universidad Mayor
de San Marcos en Lima, en Filosofía, vendría
a Chiclayo a dictar un ciclo de conferencias en la Universidad
principal de esta ciudad, y yo era el encargado de recogerlo
y hacer que se sienta a gusto hasta la hora de la conferencia.
Yo, además de dictar dos materias en la Universidad
de esta ciudad por ese entonces tenía 35 años
y era a pesar de mi juventud muy respetado por mis colegas
y alumnos.
Hace pocos años antes de su última visita, había
conocido en un simposio dictado en la ciudad de Buenos Aires
al doctor Smith y nos hicimos muy buenos amigos, y sostuvimos
extensos e interesantes comentarios, además me habló
de su último gran volumen que estaba escribiendo, él
estaba concentrando todos sus esfuerzos en el tema del tiempo,
sosteniendo con ahínco teorías que otros filósofos
ya habían defendido.
Por fin luego de mucho esperar, llegó el vuelo proveniente
de la ciudad de Lima, y en donde venía el Doctor Smith.
Me paré de mi asiento y fui al área de recepción,
y efectivamente ahí venia el Doctor, vestido impecablemente,
con un terno de gabardina color pardo y sosteniendo una pequeña
maleta.
- ¡ El joven profesor Allan ! - dijo animado el Doctor
Smith.
- ¡ El mismo, querido Doctor ! - respondí con
el mismo entusiasmo.
- Espero, que haya mucho tiempo para conversar de varios temas,
y fíjese usted aquí traigo unas notas de mi
último libro, que las deseo compartir con usted y me
de su opinión, no todos los días se habla con
una persona brillante, ¿no?
- Si, así es Doctor - conteste riendo ligeramente,
agradado con el halago que me hizo aquella celebridad.
El resto del camino en el taxi, la pasamos conversando, sobre
todo de la publicación de su nuevo libro que se titularía
“Acerca del Tiempo”. El Doctor se alojo en el mejor hotel
que pude conseguir con el presupuesto destinado para ese fin.
Me dijo que tenía que arreglar algunas notas, para
la primera conferencia que sería el mismo día
de su llegada.
Luego de dejar cómodamente instalado al Doctor en su
habitación, fui hacia la Universidad a coordinar todo
para la primera conferencia.
A las cinco de la tarde, recogí al profesor y le lleve
algunos apuntes míos para que los revise en el trayecto,
él se mostró encantado de ayudarme, en vista
de que yo estaba preparando mi primer volumen, acerca del
pensamiento de varios filósofos latinoamericanos, este
libro traería un segundo volumen, dependiendo de la
respuesta del público conocedor.
Llegamos a la Universidad y luego de caminar un poco llegamos
al salón de eventos académicos, que estaba abarrotado
de gente, hecho que el profesor agradeció y sin más
preámbulos inició una impecable conferencia,
granjeándose la incondicional admiración y amistad
del público.
El éxito de la primera conferencia se repitió
cuatro veces más, pero ante la insistencia de la comunidad
universitaria, él Doctor Smith, hizo un resumen de
las cinco conferencias en una sola. Luego de aquella conferencia
hubo una cena de gala, cena a la que asistieron los mejores
hombres de ciencia, letras y el arte en general, habíamos
llegado a un estado en que la colaboración entre todas
las ramas del saber era efectiva y el Doctor se sintió
halagado con todas las personalidades halladas allí,
y no sólo eran personalidades, sino que algunos eran
entrañables amigos.
La reunión termino tarde y el Doctor estaba cansado,
así que de ahí lo llevaron directamente a su
hotel, pero me dijo que lo fuera a ver a eso de las cuatro
de la tarde, ya que tenia cosas importantes que comunicarme.
Llegue a ver al Señor Smith a la hora acordada y el
ya estaba en la sala de espera, listo para salir conmigo a
caminar por ahí, sin destino fijo como más le
gustaba a el.
- Mi querido amigo, sabes cuanto he estudiado al tiempo desde
el punto de vista filosófico y lo que estoy haciendo
ahora, o sea escribiendo un libro dedicado por entero dedicado
a defender ardorosamente algunas teorías que considero
correctas, pues ahora deseo comunicarte algunos de los pensamientos
que van a ir allí escritos, ¿qué dices
estimado profesor? - dijo el doctor Smith.
- Me parece correcto y estoy dispuesto a escucharle - le respondí
yo.
- ¡ Pues caminemos entonces! - dijo Smith.
Empezamos a caminar por una angosta calle de Chiclayo y por
cierto muy transitada.
- El tiempo, algo que siempre me ha fascinado - comenzó
a decir el Doctor - según una teoría filosófica,
el tiempo pasa lento o rápido para nosotros, según
la importancia de los acontecimientos o las emociones que
estamos sintiendo con alguna cosa o persona, afirmación
que me parece correcta.
- Si, Doctor, muchas veces he sentido pasar un momento feliz
demasiado rápido y una situación angustiosa
irse muy de poco a poco.
- Es correcto, querido profesor, el tiempo como dijo el mismo
Einstein es relativo y además podremos encontrar por
ahí una puerta que nos lleve de una época a
otra - dijo el Señor Smith.
Aquella conversación se prolongo por muchas horas,
y el principal tema fue el tiempo y el impacto que causaba
sobre muchas personas. Para algunas pasaba lento, para otras
demasiado rápido. Otras personas decían que
mientras más avanzaban en edad se pasaba más
lento. La conversación me pareció apasionante,
pero diría que se prolongo demasiado, cada paso que
caminábamos, parecía se más dificultoso
para mí, me agitaba más y no se porque razón
exacta, según mis sentidos no habían acelerado
la marcha por algún motivo especial.
Seguíamos doblando cuadras y cruzando calles, mi cuerpo
se sentía fatigado, pero la encantadora conversación
del doctor Smith, iba provocando en mi nuevas sensaciones
y abriendo para mi nuevas puertas mentales, pensaba en lo
fascinante que su libro sería.
El cansancio me seguía agotando sospechosamente, hasta
que le pregunte al Doctor si íbamos a un lugar preciso,
ya que me pareció que habíamos caminado bastante,
el doctor son rió y me dijo:
- ¿Todavía no comprendes mi querido amigo la
maleabilidad del tiempo?
- No lo entiendo doctor. ¿Hacia dónde vamos?
- dije yo un poco angustiado.
- Hacia la eternidad mi amigo, vamos hacia la eternidad.
Cuando el doctor dijo eso, me pareció un complicado
acertijo; pero no se porque, me mire las manos, estaban envejecidas
como de una persona de cincuenta años, mire la cara
del profesor y él era un anciano de casi ochenta años.
Increíblemente habíamos atravesado alguna puerta
en el espacio que nos había hecho viajar veinte años,
pero había puesto sobre nuestros hombros la misma cantidad
de tiempo.
Fin