Martín Espinoza en poco tiempo engrandeció
aún más su patrimonio, pero a diferencia de
su padre, aumentó su fortuna basándose en la
usura y todas las medidas arbitrarias y timos que es posible
imaginar. Poco a poco fue despojando de sus tierras a los
empobrecidos campesinos. A pesar de su juventud el heredero
estaba ya culminando la carrera de leyes en la Universidad
Estatal, por lo tanto se valió de sus conocimientos
en jurisprudencia para manipular a su antojo las normas, al
fin y al cabo la ley se doblega ante el poderoso y se arrodilla
ante el que sabe utilizarla en su beneficio.
Muchas personas quedaron endeudadas, y al no poder pagar sus
compromisos con la “Compañía Espinoza” esta
les embargaba absolutamente todo lo que consideraba de valor
y podía ser vendido en el mercado. Al joven primogénito
se le culpaba incluso de asesinatos, circulaban rumores, los
cuales decían que por lo menos había ultimado
a una docena de personas, sujetos que aparecían misteriosamente
sin vida y con los que el tenia algún tipo de inconveniente
legal. Así remediaba el Sr. Martín Espinoza
sus cuestiones, si es que los involucrados no tenían
suficiente dinero para pagarle.
- ¿Crees qué descubran algo en el cadáver
de Gonzáles? - preguntó Espinoza a su capataz.
- No creo señor, no debe preocuparse - dijo el empleado
sonriendo cómplicemente.
- Si, tienes razón, igual puedo comprar a cuantos policias,
jueces y autoridades se me ocurra, ¿no?
- Ya lo ha hecho antes, es verdad - respondió el hombre.
- Antes que te dediques a otra cosa, deseo hablar con el fiscal
Rodríguez, quiero que lo hagas venir inmediatamente,
¡ ve inmediatamente ! - mandó Espinoza.
El soborno paga mejor a los funcionarios públicos que
su propio salario, así es que en esa ciudad Martín
Espinoza tenia comprados a jueces, policías y demás
servidores públicos.
Una de las frases comunes del señor Martin Espinoza
era: “yo no tengo familia”, afirmación falsa, ya que
si la tenia en la persona de una prima; pero al no gozar esta
ni de alcurnia, ni dinero, Don Espinoza la negaba. Se dice
que fueron varias veces, las que la prima de nombre Isadora
fue echada de la casa de don Martín, cuando fue a pedirle
algo para la manutención de su hijo Reginaldo.
El Señor Martín Espinoza nunca se casó,
de ningún modo quiso tener compromiso “por miedo a
que le roben lo que con tanto esfuerzo había conseguido”,
a cambio de esto, muchas veces acepto “cordialmente” acostarse
con alguna mujer que le debía algún dinero o
favor, y otras en cambio tramaba un plan para que una familia
luego de prestarle dinero, caiga en banca rota.... y así
poderles apretar el cuello amenazándoles con la cárcel,
con éste chantaje lograba que sus deudores le dieran
en “prenda” unas cuantas noches con algunas de sus hijas.
Mientras que por un lado su codicia y su maldad no tenían
límites, y cada vez se iba volviendo más y más
inhumano; por otro lado el Señor Espinoza era un ávido
coleccionista de obras de arte: pinturas, grabados, esculturas
y libros de toda índole. Con todo el dinero mal habido,
que en realidad era una fortuna, se dedicaba a la cultura,
viajaba por varios países europeos, y estaba al pendiente
de exposiciones y subastas, siendo su nombre muy conocido
en el ambiente cultural del mundo desarrollado. Cuando se
trataba de una obra de arte, no dudaba en pagar altas cifras
por aquellos objetos que se convertían con sólo
una mirada, en fruto de sus deseos, en este aspecto el dinero
era algo meramente secundario.
Su biblioteca tenia aproximadamente cinco mil volúmenes,
y era consideraba muy valiosa, no tanto por la cantidad, sino
por la calidad y por la rareza de los libros que tenía,
lo más valioso era su respetable colección de
incunables, y por esto era muy estimada su recopilación
en los círculos de bibliófilos a nivel mundial.
En los múltiples viajes que Don Espinoza realizó
al continente europeo, visitó numerosos museos como
el Museo de Louvre, el Museo del Prado, el museo de Amsterdan,
el museo Nacional de Estocolmo, la galería de Arte
de Berlin. la Galería de los Uffizi en Italia y muchos
otros. En estas salas vio y estudió todo cuanto pudo
de estas hermosas colecciones, en las que la gloria de la
humanidad esta conservada y en las que la memoria de los más
grandes maestros vive aún.
La escuelas que más le impresionaron fueron la escuela
flamenca y la escuela holandesa en la figura de los pintores:
Peter Paulus Rubens, Antoine van Dyck, Antoine Watteau, Rembrandt
van Rijn, Hugo van der Goes, Jan van Eyck entre otros. En
cada viaje el Señor Espinoza compraba todos los cuadros,
grabados, bosquejos, e imitaciones que podía conseguir.
Muchas veces invitaba a los personajes más pudientes
y a las autoridades de toda la región para que admiren
su valioso muestrario. En su nutrida pinacoteca los nobles
de su entorno, podían tener una clara idea del talento
magistral de la escuela Flamenca y Holandesa. Entre su inestimable
colección brillaban con luz propia desde el arte gótico
hasta el surrealista.
En la galería de Berlín, el aristócrata
vio una pintura que lo apasionó profusamente, era el
“Retrato de Hieronymus Holzschuher” de lbrecht Durer. Motivado
por este cuadro hizo pintar a un maestro alemán un
retrato suyo, representación que consiguió captar
la ferocidad de su rostro, mostrando su semblante de oscura
mirada, ojos maliciosos y una desquiciada y pérfida
sonrisa, parecía que el cuadro estaba siniestramente
vivo. Detalles adicionales eran la poblada barba, la elegancia
de su vestimenta y la gruesa cadena de oro de su reloj, regalo
de su padre cuando cumplió los dieciocho años,
todo detallado a la perfección.
Mientras crecía su invalorable colección de
obras de arte, progresaba también su voracidad y su
perfidia hacia la gente del pueblo, el vulgo decía:
“a más cuadros y libros, más pobreza en nosotros”.
Oprimía ora a sus sirvientes, ora a los campesinos
que trabajaban en sus extensos terrenos, además de
subastar y vender las propiedades de sus deudores, sirviéndose
de mil y un tretas para obtener más dinero para su
preciosa colección de arte, ésta era sin duda
el motivo de su vida y lo que más quería.
Cuando cumplió 51 años, murió su único
pariente, su prima Isadora, en la más absoluta de las
miserias y en el más cruel abandono, su hijo Reginaldo
fue llevado a un albergue de lo más sórdido
y sin duda viviría constantemente en la angustia; el
señor Espinoza ni siquiera pestañeo ante esa
noticia, sólo se limito a responder: “no es mi familia”.
Los años pasaron y la muerte sorprendió al adinero
personaje. Una tarde lo apresó un extraño dolor
al pecho que lo hizo caer al suelo ya sin vida.
Los criados descubrieron ya tarde aquel cadáver, avisando
a las autoridades. El doctor que se encargó de la autopsia
dictaminó que se trataba de un paro cardiaco, frecuente
causa de fallecimiento a la edad que él tenía,
sesenta y dos años; la muerte había sido tan
repentina que el viejo no dejó ningún testamento,
el terrateniente cuando alguna vez oyó la advertencia
del abogado, de dejar un testamento, respondió:
- Señor abogado, ¿cree que yo tengo planes de
dejar a alguien todo lo que tengo?¿Cree que tengo intenciones
de desprenderme de mi tesoro? ¡ Ni la misma muerte me
lo va a arrebatar ! ¡ Ni la misma muerte !
El abogado cuando escuchó esas palabras se sintió
intimidado y nunca más tocó el asunto, así
fue como el Señor Espinoza nunca hizo testamento...,
pero la muerte no tiene compasión de nadie y a ella
nadie la puede vencer y se llevó la vida del ambicioso
señor, la muerte también tiene una ambición
muy desmedida.
Ninguna persona del pueblo asistió al entierro de Don
Espinoza, sólo acudieron algunos ricos ciudadanos,
las autoridades a las cuales tan bien pago su silencio y su
abogado, que a pesar de todo siempre estuvo a su lado. El
difunto nunca quiso a nadie, sólo amo a sus obras de
arte y a sus libros, y por ende nunca nadie lo estimó.
La minúscula comitiva asistió al entierro por
una mera formalidad social o en todo caso, significo para
ellos un mórbido divertimento.
El abogado luego de algún tiempo de ordenar los asuntos
del difunto, cayó en la cuenta que el único
heredero de toda la riqueza acumulada por el fallecido burgués,
era su sobrino lejano Reginaldo y se dedicó a buscarlo.
Tardó dos años en encontrarlo y cuando dio al
fin con él, se presentó:
- Buenas tardes Señor Arguedas - dijo el abogado con
tono amable.
-¿Qué tienen de buenas? - respondió malhumorado
Reginaldo.
- Vengo a comunicarle algo que le puede interesar seguramente
- dijo el abogado.
- Es algo referente a dinero - preguntó con el mismo
animó Reginaldo.
- Si, es algo acerca de dinero señor, mucho capital
- replicó el hombre de leyes.
Los ojos de Reginaldo se encendieron como brasas, y permitió
que el abogado le contara todo cuanto sabia.
- Muy bien señor - dijo el abogado - su tío
el Señor Martin Espinoza falleció hace dos años
- el rostro de Reginaldo se colmó de alegría,
una alegría llena de venganza, una falsa alegría
- y al no dejar ningún testamento, usted como su único
pariente, es el heredero absoluto de cuanto él tenia
-. Cuando el licenciado terminó, Reginaldo no le creía
y preguntó sin salir de su asombro:
- ¿Yo?¿El heredero absoluto?
- Si, usted señor. Yo sería incapaz de bromearme
con algo tan serio - dijo el abogado con tono solemne -, tampoco
hubiera venido desde tan lejos para hacerle una broma, ¿no
cree usted? - concluyó él.
Luego de algunos minutos, cuando el legista le contó
los pormenores del asunto, Reginaldo no cabía en su
propio cuerpo de lo feliz que estaba, si en algo se parecía
con su tío lejano el Señor Espinoza, era en
la ambición, pero la ambición de Reginaldo,
era sin duda motivada por un deseo de superar la pobreza que
lo había atenazado durante toda su vida, o sea era
una especie de arribismo.
El abogado del señor Espinoza, se convirtió
automáticamente en el jurista del heredero y no tardaron
en visitar la antigua e imponente mansión Espinoza.
Cuando entraron en el edificio, Reginaldo quedo perplejo con
la magnificencia de la arquitectura, si por fuera era grandiosa,
por dentro - algo que muy pocas personas tuvieron el privilegio
de ver - era increíble. Las gruesas puertas de madera
exquisitamente labrada, daban hacia un gran salón que
tenia habitaciones tanto a su izquierda como a su derecha,
en medio de la habitación había una gran escalera
que llevaba al segundo piso.
Los visitantes doblaron hacia la derecha, pasaron a una gigantesca
habitación, que era la pinacoteca. Reginaldo caminaba
por ese salón como poseído, y empezó
a llorar, con la voz quebrantada por el dolor le preguntó
al abogado:
- ¿Usted sabe todo el infortunio que tuve que vivir
mientras este Señor vivía en la opulencia?
El abogado tomado por sorpresa, enmudeció no sabiendo
que responder. Reginaldo al ver la sorpresa inquirió
nuevamente:
- ¿ No sabe que responder ?¿ Nunca ha sentido
la miseria angustiar su espíritu, apenar el espíritu
de su madre ?¿ Jamás ha ido a dormir sin haber
comido en todo el día ?
- No he sentido eso Señor - contestó con aire
pensativo el abogado, al mismo tiempo que bajaba su cabeza
avergonzado.
- Me lo imaginaba, déjeme decirle que toda mi vida
ha sido aprisionada por el hambre, he vivido una existencia
cargada de privaciones, mientras que este cerdo, seguramente
se regodeaba en todo el dinero que robaba. ¡ No creé
señor abogado ? - dijo Reginaldo con palabras llenas
de odio y frustración.
Siguieron recorriendo la galería y encontraron el retrato
del Señor Martín Espinoza, Reginaldo seguía
hablando con palabras llenas de rabia.
- ¡ Mire, mire señor abogado, ahí esta
el inmundo !
El abogado no respondió nada, el joven prosiguió:
- Se que esta pintura reconocido por casi todos le costó
una fortuna a mi miserable tío, ¿ cuánto
costó señor abogado ?
- 10,000 D...... - dijo el abogado seriamente.
- ¡ 10,000 ! - dijo con asombro el heredero y sus ojos
nuevamente se llenaron de lágrimas, lágrimas
amargas de desprecio a la memoria de su tío.
- Tranquilícese señor, ahora todo esto es suyo,
si le sirve de consuelo - habló el hombre de derecho,
tratando de calmar al nuevo millonario.
- Estimado abogado aquí frente al retrato del “Señor“,
le digo que mis intenciones son vender todo e incluso demoler
todo....
- ¡ Vender ! ¡ Demoler ! ¡ No ! - dijo visiblemente
exaltado el señor abogado.
- ¿ Qué le pasa señor ? ¿ No le
parece mi decisión ? - habló Reginaldo admirado
por la reacción del abogado.
- No me parece Señor, el difunto Martín Espinoza
lo último que hubiera querido es que todo lo que él
amaba fuera vendido y peor aún que su casa fuera demolida.
¡ Es una locura ! ¡ No estoy de acuerdo ! - habló
el letrado, dejándose ganar por la desesperación
- ¡ Si no le hubiera parecido, pues mejor aún
! - dijo levantando la voz Reginaldo - Además. ¿Quién
es el dueño ahora? - preguntó el heredero con
aire de superioridad.
- ¿Pero venderlo todo? ¿Destruir todo? El Señor
nunca lo permitiría, nunca lo consentiría -
dijo el abogado nerviosamente.
- Hablas como si él estuviera vivo, ¿no ha muerto
hace ya dos años? - preguntó el sobrino.
- Si es verdad señor... -dijo el abogado, tratando
de calmarse.
- ¿Entonces? No voy a discutir con usted algo que ya
esta decidido, a partir de mañana comenzaré
a buscar compradores para todo esto - dijo señalando
a su alrededor.
En los días posteriores varias de las pinturas, grabados,
esculturas, libros y demás objetos de arte, empezaron
a venderse o subastarse dependiendo de la demanda.
Una tarde Reginaldo visitó sólo la casa Espinoza,
en pocos días empezaría la demolición
y tal vez fuera la última vez que la vería en
pie, el resentimiento y la frustración de tantos años
no pararían hasta no dejar piedra sobre piedra de aquella
mansión.
Reginaldo entró en la pinacoteca, todavía quedaban
algunos cuadros; las copias de los pinturas más famosas
y algunos originales de los grandes maestros se habían
vendido ya. Reginaldo recorría observando detenidamente
retratos de reyes y aristócratas, pensando en todo
lo que vivió, y hablando en voz alta dijo:
- ¡ Esta será mi venganza ! ¡ Nada de lo
que ha costado tanto sufrimiento sobrevivirá junto!
¡ Y tu casa será demolida ! - tomó un
respiro y continuó - ¿Crees que no me acuerdo
cerdo?¿Crees que no he contado las veces que vine a
rogarte me des algo de pan? ¡ Maldito ! ¡ Maldito
! - el eco hizo repetir varias veces esta palabra, luego Reginaldo
rió histéricamente y su risa se repitió
al igual que su maldición a través de todo el
salón, Reginaldo escuchó como el eco iba cambiando
su voz hasta terminar en una voz grave y envejecida, mas el
último sonido no lo impresionó, quizá,
pensó era debido a la inmensidad del salón,
así es que continuó riendo y gritó:
- ¿Has escuchado? ¡ La destruiré, destruiré
esta casa ! - mencionó estas palabras contemplando
el retrato del Señor Espinoza, luego cansado de vociferar,
se sentó en la silla que estaba debajo del retrato
y comenzó a llorar...a reír...a llorar...invadiéndolo
una especie de locura, entre su desconsuelo se cubrió
la cara con las manos, como queriendo evitar que salgan más
lágrimas de sus ojos.
Si Reginaldo hubiera puesto atención al espejo que
estaba frente de él, hubiera visto la aberración
que estaba por suceder....¡ El retrato ! ¡ El
retrato cobraba vida ! ¡ Sus brazos empezaban a moverse,
tomaron entre mano y mano la gruesa cadena de oro que tenia
y la pasaron por el cuello de Reginaldo y apretaron y apretaron
! Reginaldo no tuvo tiempo de comprender nada, ni tampoco
alejarse del peligro, en su agonía sólo un oogg,
oggg, producto de su asfixia era lo único que salía
de su garganta, trató de lidiar con aquella sobrenatural
fuerza y logró así, haciendo un máximo
esfuerzo voltear, la coronación de aquel ardor fue
ver el rostro en el retrato, el rostro del odiado personaje,
éste sonreía malévolamente.....segundos
después Reginaldo cayó de bruces en el suelo...¡
Estaba muerto !.
Fin.