| El día viernes 26 de
noviembre de 1982 me llegó una carta de mi amigo Rodolfo
Velez que a la letra decía lo siguiente:
Trujillo, Lunes 22 de Noviembre de 1982.
Querido Gabriel.
Te escribo esta pequeña misiva (ya sabes lo difícil
que es para mi escribir una detallada carta) para decirte que
mis labores jurídicas han terminado y deseó ir
a verte, ya que posiblemente tenga que ir de viaje a la capital
y el trabajo que conseguiré ahí, me mantendrá
absorbido durante mucho tiempo (algunos años y quizá
me quede allá).
Por lo que me contaste en tu última y muy extensa carta
estás viviendo una rutina a la cual ya te has acostumbrado,
pues... ¡ ya voy este fin de semana !¡Y llevaré
una gran botella de ron!¿Qué te parece?¡Vas
a ser el profesor más borracho de la región!¡Ja,
Ja, Ja!
Me despido. Espera mi visita.
Tu amigo desde la infancia. Rodolfo
Las últimas palabras que leí de esa carta, es
decir: “tu amigo desde la infancia” trajeron a mi mente muchos
y agradables recuerdos, mi madre y la madre de Gabriel habían
sido grandes amigas, trabajaban juntas y salieron embarazadas
casi al mismo tiempo y como es lógico suponer Gabriel
y yo nos hicimos muy buenos amigos, nos matricularon en la misma
escuela, estudiamos varios años juntos y hasta nos sentábamos
en la misma carpeta, nuestra amistad era proverbial; pero cosas
del destino nos separaron. Al terminar nuestros estudios en
la escuela secundaria, yo estudié Educación y
él Derecho (había perseguido esa ambición
desde muy chico, queriendo emular al padre que perdió
en su infancia); sin embargo nuestro contacto nunca se perdió
al vivir él en una ciudad y yo en otra. Mientras estudié
en una universidad nacional en mi ciudad natal, mi amigo cursó
estudios en un centro de educación superior particular.,
en otro sitio. La localidad donde él había estudiado
era la ciudad de Trujillo, distante de Lambayeque unas 3 horas
en bus, por este motivo tanto a él como a mí se
nos hizo relativamente fácil visitarnos en la época
de nuestros estudios universitarios.
Al terminar de pensar en el pasado, doblé cuidadosamente
la carta y la coloqué en mi pequeña mesa de noche.
Salí a hablar con Doña Mercedes, señora
muy amable la cual me daba pensión, pensión que
incluía un buen desayuno, un almuerzo típico de
la región y una merienda por las tardes.
Al llegar a la casa de Doña Mercedes ésta me recibió
amistosamente. Doña Mercedes encajaba exactamente en
la descripción dada por Gillin para los individuos de
raza moche, es decir era de estatura pequeña, cabello
lacio y negro, y estructura del cuerpo tendiente al tipo “lateral”;
en pocas palabras Doña Mercedes era un típica
“mochera” . A la descripción citada anteriormente debo
agregar que la Doña llevaba su pelo bastante largo y
arreglado en dos grandes trenzas. Al llegar a su casa la saludé
efusivamente:
– ¡Buenas tardes Señora Mercedes! ¿Cómo
está?
– ¡Señor profesor! ¿Le sirvo su almuerzo
ya? – me dijo.
– Si es tan amable, por favor –dije yo.
La señora caminó hasta su cocina y al momento
me trajo mi almuerzo, el cual humeaba y difundía por
todo el lugar el exquisito sabor de ese potaje; por lo general
yo sólo pedía en mi menú lo que en estos
lares se llama “segundo” es decir, generalmente carne –de una
amplia variedad como por ejemplo: carne de vacuno, porcino,
cabrito, pollo, gallina, pato, pavo, etc.– guisada y acompañada
con arroz. Ya estaba casi al final de mi plato y la señora
me sirvió chicha (bebida fermentada de maíz) dulce
en un calabazo o “poto” yo pedí más chicha , quería
así aplacar el incesante calor que desde hace algún
tiempo había en aquella región, el motivo de ese
calor era la cercanía de un Fenómeno “El Niño”,
fenómeno climático que eleva la temperatura del
agua del mar, produciendo dramáticos cambios en el ambiente
terrestre tales como: sensible aumento de la temperatura y lluvias
torrenciales. Las lluvias torrenciales causan verdaderos estragos
en estos pueblos; no sólo porque las casas de los habitantes
no están preparadas – porque al ser una zona desértica
en condiciones normales en esta parte de la costa peruana una
lluvia es de lo más insólito –, sino también
por que aumentan el cauce de los ríos, desbordándolos.
Terminé mi almuerzo y casi acabe con la chicha de la
señora, ella pareció no molestarse en lo absoluto
por eso, y preguntó:
– Profesor, ¿de algo quería hablarme ayer?
– Efectivamente Doña Mercedes, resulta que mañana
quizá venga un entrañable amigo mío y se
quedará unos días, así es que me gustaría
que también disfrute de la hospitalidad de la gente de
este pueblo, ¿está de acuerdo? – dije y la señora
con un gesto amable habló:
– Pues seria lo más adecuado Profesor.
– Señora tome – estiré el brazo con un par de
billetes –, esto cubrirá los gastos que corresponden
a los alimentos de mi compañero por aproximadamente tres
días, que es el tiempo que se quedará, si su estadía
dura más yo le alcanzo la diferencia, ¿si?
– Perfecto, perfecto Profesor, me agrada servirle a usted, ¡Ah
! – Doña Mercedes pareció acordarse de alguna
cosa – ya cubrí el techo con brea.
– Muy bien Doña Mercedes, es lo único que puede
apalear un poco las lluvias que se vienen, también el
techo de mi cuarto lo he cubierto con brea, y, espero que resista.
Entonces Doña nos vemos por la tarde – me despedí
de la Señora y partí rumbo a mi cuarto.
Al llegar a mi cuarto conecté mi radio transmisor y busqué
en las señales UHF y VHF algún radioaficionado
en alguna parte del mundo, la radioafición era mi pasatiempo
favorito, después de una paciente espera, al fin pude
contactarme con un francés, pero la comunicación
no duró mucho – mi francés es muy malo –. Luego
de pasar un par de horas frente a la radio, me quedé
dormido.
El sábado por la mañana temprano, mi amigo Rodolfo
tocaba la puerta llamándome efusivamente:
– ¡ Gabriel ! ¡ Gabriel ! ¡ Ya llegué
! – me levanté apresurado y abrí la puerta ante
mi estaba mi amigo, mi entrañable amigo Rodolfo, nos
abrazamos cálidamente y le dije:
– ¡ Rodolfo ! ¿Qué ha sido de tu vida?
– ¡ Bien hermano, bien ! – contestó mi amigo, mientras
él me respondía, yo ayudaba a pasar su pequeño
maletín, lo invité a sentarse y aunque charlamos
brevemente me contó algunas cosas que tenían que
ver con el nuevo trabajo que tendría en Lima. En eso
Rodolfo miró mi habitación y se fijó en
mi equipo de radio.
– ¿Y tu amigo como puedo ver fiel a tu afición?
¿No? ¿Sigues jugando en la onda corta?
– UHF y VHF y en mi otra radio a veces radios locales en AM
–. Rodolfo me dio palmadas en el hombro y me dijo:
– ¡ UHF, VHF y Onda Corta, son lo mismo amigo ! ¡
Las aficiones relajan mucho el espíritu !
Luego nos alistamos para irnos a tomar desayuno donde Doña
Mercedes. En el camino seguimos platicando, me di cuenta que
la alegría de mi camarada no había variado en
lo absoluto desde la última vez que lo visité,
es más había aumentado.
Después de ese breve saludo, todo el día nos la
pasamos conversando y paseando por la campiña que rodeaba
al pueblo, al llegar la noche fuimos a mi cuarto, a seguir nuestra
animada charla.
– Amigo como lo prometido es deuda... – dijo Roberto buscando
en su pequeño maletín, sacando de él una
gran botella de ron, yo solté una gran carcajada apurándome
en sacar de mi repisa un par de bonitos vasos, reservados para
una ocasión semejante.
– Para que veas que también estoy preparado.
– ¡ Así veo, hermano, ya veo ! – Rodolfo abrió
la botella y sirvió generosamente, así nos sentamos
alrededor de mi mesa y empezamos a recordar momentos muy alegres
que pasamos, algunos otros tristes como la muerte de su padre
(cosa que lo había marcado de por vida), pero cuando
ya la botella estaba por la mitad, le pregunté, cambiando
en tres cientos sesenta grados el tono de la conversación:
– ¿Te vas a casar, no es así? – mi amigo sorprendido
me contestó:
– ¿Qué has dicho?
– No solamente has venido a despedirte debido a tu posible y
creó casi segura estancia en Lima, sino que también
te vas a casar, ¿no? – Rodolfo no salía de su
asombro y me inquirió:
– ¿Cómo lo sabes? – con una sonrisa traté
de calmarlo y le contesté.
– Lo he soñado amigo mío, a veces, y no creo que
te hayas olvidado, tanto tu como yo sentíamos el estado
de animo del otro, ¿no es cierto? Pienso que estas manifestaciones
eran producto de nuestra profunda amistad, ¿no crees?
– Si Gabriel, pero esto es diferente, nunca habíamos
predicho hechos, ¿cuéntame cómo fue? –
dijo mi compañero de tantos años.
– Pues, lo soñé, amigo y además supe el
nombre de tu prometida, ella se llama Karina, ¿es verdad
o no? – así le conté lo que había visto
a mi amigo, el no salía de su embebecimiento y tomando
un trago más, siguió el hilo del diálogo:
– Ciertamente se llama Karina y falta poco para la boda, por
supuesto que te mandaré el parte Gabriel, eres infaltable
en este acontecimiento, espero que todo me vaya bien, ¿no
sabes más de mi futuro?
– No – respondí.
Al final de la noche nos acabamos la botella de Ron, nos quedamos
dormidos y el día siguiente transcurrió casi como
el anterior, luego de dos días felices, nos despedimos,
no sin antes prometerme Rodolfo, que pronto enviaría
el parte. La promesa de mi amigo se cumplió se casaría
el 20 de Diciembre, el parte me llegó una semana después
de que se fue, yo estaba ansioso por acompañar a mi amigo
en esa ceremonia, y en ese día especial de su vida.
Terminó el mes de Noviembre y las primeras lluvias causadas
por el Fenómeno “El Niño” comenzaron a caer, eran
estas no muy fuertes; pero la primera semana de Diciembre de
1982 cayó sobre todo el territorio norte del país
una de los más feroces aguaceros jamás reportados,
duro 15 horas seguidas y al día siguiente una lluvia
de menor intensidad terminó lo que la primera había
comenzado, es decir desbordó el río más
importante de la región incomunicando a varios comunidades
y por ende a mi pequeño pueblo.
Algunos días pasaron y las lluvias seguían cayendo,
la incomunicación era total, no había transito
ni para el sur, ni para el norte, y yo sólo pensaba en
que me sería imposible ir a la boda de mi entrañable
camarada. Odié aquella situación; pero tenia que
permanecer tranquilo, otro impase podía suceder: mi habitación
y la casa de la querida Señora Mercedes corrían
grave peligro de desplomarse, traté de cubrir de plásticos
el techo de mi casa y el correspondiente de la Señora,
todo el pueblo estaba haciendo lo mismo con sus casas.
El estado de aislamiento había durado exactamente un
mes desde la primera lluvia, es decir estábamos ya a
finales de año, y nuestro único medio de contacto
con el exterior era la radio, para esas fechas me sentía
terriblemente mal por no haber podido ir al matrimonio de mi
amigo, ¿pero qué podía yo hacer contra
la furia de la naturaleza? Sumado al estado de las cosas el
fluido eléctrico se había cortado, para evitar
accidentes que podrían agravar aún más
el estado de emergencia de la zona.
Una torrentosa noche de Enero, en mi habitación y a la
luz de una vela, estaba yo siendo devorado por la tristeza,
una tristeza que se me clavaba en el corazón. ¿Tanto
me había afectado no haber asistido a esa ceremonia?
Esa noche para disipar mis penas conecté mi radio a una
vieja batería que había conseguido, traté
de contactarme con el exterior por medio de la radio, había
conseguido captar un mensaje, cuando la señal repentinamente
se cortó, busqué de nuevo en esa frecuencia, pero
fue inútil, todas las transmisiones estaban interrumpidas,
intente nuevamente, luego de buscar infructuosamente algún
contacto, me rendí y dejé encendido el aparato
por si la señal retornaba.
Paso cerca de una hora y no retornaba la señal, estaba
nuevamente conciliando el sueño cuando un sonido proveniente
de la radio despertó mi conciencia rápidamente,
me acerqué a la radio, subí el volumen y lo que
oí fue lo siguiente: ¡Auxilio! ¡Ayúdame!
¡Ayúdame! Mi sorpresa como es de imaginar no tenia
límites, traté de captar mejor esa extraña
emisión, quizá me había equivocado y había
captado a algún radioaficionado bromista o era alguno
de los tantos damnificados por las lluvias, pero al ecualizar
mejor, la llamada de auxilio se repitió. ¿Qué
clase de mensaje es este pensé? Los minutos transcurrieron
y aquella voz siguió pidiendo ayuda, se escuchaba bastante
lejos, a veces bajaba y subía en intensidad, otras se
escuchaba más claro que la torrencial lluvia de afuera.
Aquella llamada de auxilio me interesó. Luego se oyó
como un mensaje oculto en alguna cinta magnetofónica,
me estremecieron esos sonidos, traté nuevamente de captarlos
mejor; sin embargo la voz se fue extinguiendo poco a poco y
luego de algunos instantes no se escuchaba nada más que
la estática del aparato.
El día siguiente mis pensamientos estaban fijos en esa
extraña llamada de auxilio, fui a ver el estado de la
casa de Doña Mercedes y por fortuna su hogar había
resistido al último aguacero, es un milagro le dije a
la Señora. En el desayuno la Doña notó
mi estado de animo, pero no le quise contar lo que pasó
la noche anterior en mi cuarto, más bien preferí
me sirva un buen desayuno, para recuperar fuerzas, casi no había
dormido por haber mantenido la expectativa frente a la radio.
Por fin luego de casi dos meses de aislamiento, se pudo establecer
un puente de comunicación hacia estos pueblos del norte
de la nación, el primer paso que se abrió fue
hacia el sur; los pobladores del lugar donde vivía estaban
contentos, aliviados por que gracias a la escasez de provisiones
unas semanas más y nuestra situación hubiera sido
muy crítica.
A finales de Enero de 1983 recibí una carta que me llenó
de inquietud Inmediatamente abrí el sobre y el mensaje
decía lo siguiente:
Trujillo Enero de 1983
Estimado Sr. Gabriel Salazar
¡ Un infausto hecho ha sucedido ! Y me parece, por lo
que escuchaba de Rodolfo era usted su mejor amigo, y es responsabilidad
mía hacerle saber este trágico hecho, y, créame
que no se cómo tengo la fuerza de voluntad para comunicárselo.
Una noche, fatal y maldita noche de enero, exactamente el 11
de enero mi esposo salió de una diligencia en su auto
y cruzando la autopista central chocó con una camioneta
que venía a todo velocidad, su auto dio vuelta de campana
y fue a estrellarse con un árbol, su automóvil
quedo hacia abajo, y a mi esposo lo aplastó todo el peso
de la máquina. Cuando llegué él había
fallecido; pero por el personal de emergencia, supe que él
tuvo una lenta agonía, los paramédicos dijeron
que escucharon nombrar palabras confusas y algunos nombres entre
ellos el mío y también el suyo Señor Salazar.
¡Oh! ¡No sabe cuanto sufro Señor! ¡Ya
no puedo seguir escribiendo más!
Al terminar de leer la carta, no pude contener las lágrimas,
lágrimas de intensa amargura. Esa noche, esa fatídica
noche del 11 de Enero, fue la noche que escuché el extraño
mensaje en la radio. ¡Ese mensaje era de mi amigo!¡Mi
amigo que agonizaba!
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