y numerosas personas transitando por el,
hombres y mujeres iban y venían confundidos en sus
preocupaciones. Mientras caminaba divisé la pequeña
capilla “Santa Verónica” 1 , fue allí, donde
hacía una semana atrás nació mi preocupación
por la salud de mi tía, esa mañana la había
visto en la capilla, estaba visiblemente alterada, con una
mirada fija en su hogar, mencionaba a menudo que su domicilio
era el único lugar donde se hallaba a resguardo, fue
tan perturbadora su actitud que me conmovió en demasía,
traté de tranquilizarla, calmarla, consolarla, pero
no lo conseguí. Desde hacía tiempo que mi tía
sufría de los nervios y en el pasado había tenido
algunas crisis nerviosas, debido a esto sopesé la posibilidad
de una recaída.
Traté de no pensar más en esa desagradable impresión
y seguí transitando con dirección sur hasta
llegar a la intersección con la calle Manuel María
Izaga, crucé la pista, encontrándome a continuación
en la cuadra donde vivía mi tía, la dirección
exacta era el número 520. El hogar de la hermana de
mi madre era pequeño, al lado de la puerta exterior,
se hallaba una diminuta ventana siempre tapada con una gruesa
cortina crema, la cual no dejaba ver nada del interior.
Toqué la puerta y al poco tiempo salió una de
mis primas.
– ¡ Hola Rosario ! ¿Qué tal?
– Hola Sebastián – me respondió secamente mi
prima.
La muchacha no se mostraba muy sorprendida de verme, en realidad
tenía una expresión grave en el rostro, posiblemente
mostraba su mal humor porque no había frecuentado la
casa desde hace algunos días. Luego de nuestro mutuo
saludo me indicó con un ademán que pasara. El
interior de la morada era sobrio al igual que la fachada.
Esta primera pieza de la casa era una típica sala –
comedor, en la parte correspondiente a la sala habían
unos muebles cremas y en el centro una pequeña mesa,
y en la sección del comedor una gran mesa con seis
sillas frente a un gran televisor.
Luego de la invitación a pasar saludé a todos,
mi tía Martha estaba sentada en la mesa, a su lado
derecho estaba mi primo Adrián y un poco mas allá
mi prima Esther. En ese momento todos estaban viendo la televisión.
– ¡ Hola Tía ! ¿Cómo estás?
Me sentí preocupado, luego de nuestro último
encuentro.
– Hola hijo, bien estoy, bien. Luego de mucho tiempo que te
veo – me respondió mi tía.
– No ha pasado tanto desde la última vez que te ví,
¿recuerdas? ¿en la capilla?
– Ah, si ya me acordé – la mujer pareció esforzarse
demasiado para evocar un recuerdo, que era muy reciente.
– Si no he venido luego del domingo pasado, ha sido por mis
ocupaciones, ya sabes, mi trabajo me requiere casi todo el
tiempo; pero no creas que no he pensado en tu salud.
Mientras yo estaba hablando con mi tía, mi prima Rosario
se sentó a mi lado a ver televisión, debo mencionar
que el saludo con mis otros primos fue amable; sin embargo
ellos estaban más concentrados en la televisión,
que en mí.
– ¿Te sirves una taza de café ? – me preguntó
mi tía.
– ¡ Claro, como no ! – le respondí.
Mi tía miró a Esther que pareció entender
una orden implícita, la chica caminó hacia la
cocina, sin despegar sus ojos de la pantalla, al ver su excesivo
interés miré también el aparato, percatándome
que el programa era una habitual serie de entretenimiento.
La taza de café llegó y mi tía dijo en
un tono mecánico:
– Sírvete sobrino, aprovecha que esta caliente, ¿quieres
pan con mantequilla o deseas otra cosa?
– No tía, gracias – le respondí – ya he comido
algo afuera.
Mi tía pareció volver a hacer un esfuerzo para
hablar.
– ¿Y tu mamá cómo esta?
– Esta bien, esta bien, te manda saludos. Ahora, se está
dedicando a su jardín – hablé con entusiasmo.
– ¿Si ! Me parece muy bien – respondió mi tía
Martha, su marido, Iván, habló por primera vez:
– ¿Rosas? ¿Tiene rosas en su jardín?
– fue como si despertara, eso me tranquilizó, estaba
empezando a tener la idea que había poco o nulo interés
por mi presencia, como si respondieran por compromiso.
– ¡ Si ! Tiene Rosas y de muchas variedades. ¿No
las has visto? – él pareció acordarse del verano
pasado cuando visitó la casa de mi Madre.
– ¡ Ah ! Ya recuerdo sobrino, ya recuerdo, las rosas
blancas y su delicado aroma... – hasta ahí duró
su intervención en la conversación.
– ¿Cómo vas de tus nervios tía Marta
? – volví a dirigirme a mi tía, tomando ella
de nuevo el interés.
– Bien, bueno, relativamente bien sobrino, ya te imaginarás,
no voy a ningún médico, ni quiero que ninguno
me visite, suficiente con las tabletas que me recetaron hace
tiempo, al parecer estoy mejorando, aunque estas pastillas
– me señaló unas grageas color anaranjado -
hacen que me desvele muchas veces, pero he logrado tranquilizarme
viendo televisión.
– Entiendo – repliqué – pero insisto, debes ver a un
doctor. ¿Hace cuánto que no reservas una consulta?
– mi tía seguía viendo el televisor, y no escuchó
mi pregunta
– ¿Qué has dicho sobrino? Disculpa, es el último
capítulo de la serie, y no la repetirán nuevamente.
– Si, creo que no – le respondí, a la vez que jugueteaba
un poco con la cuchara y sorbía poco a poco el café,
el cual estaba amargo; sin embargo no viendo el azucarero
cerca, no lo endulce. Así pasaron diez minutos sin
que nadie dijera o preguntara algo, no lo sé, no recordaba
nada que hubiera podido molestarlos a ellos, sin embargo su
curiosidad era total hacia el televisor, incluso hasta en
los cortes comerciales. Decidí despedirme.
– Muy bien, ya he visto que estás bien, me tengo que
ir – dije.
– Si, sobrino, ya es un poco tarde – me dijo mi tía,
– Iván, acompaña a Sebastián a la puerta.
Mi tío pareció que lo desconectaban de su concentración,
se levantó de la mecedora y me acompañó
al portón, me despedí de mis primos, los cuales
sonrieron levemente y siguieron concentrados televisión.
– ¡ Adiós Tío Iván ! ¡ Cuídate
! – con esas palabras me despedí del viejo que forzó
su rostro para decirme Adiós.
Todo este asunto me había parecido excesivamente extraño,
trataba de explicarme la distancia que me habían mostrado,
parecía que estaban disgustados conmigo. ¿Por
qué? No era mi ausencia, además descartaba completamente
esa idea, seguí pensando mientras caminaba de vuelta
a casa, este asunto no lo comenté con nadie.
Luego de algunos días, mi preocupación por mi
tía retornó y de nuevo resolví saludarla,
la hora de mi visita sería la misma que la vez anterior,
más temprano me era imposible hacerlo, debido a mis
ocupaciones, en esa temporada siempre tenia clientes, y debía
atenderlos personalmente. El recorrido hacia la morada de
mi tía Marta fue el habitual; esta vez esperaba ser
recibido por lo menos un poco más cálidamente,
considerando nuestra cercanía familiar era lo mínimo
que merecía.
Llegué al 520 de la calle Alfonso Ugarte, toqué
la puerta y aguardé. Mi prima abrió la puerta
saludándome indiferentemente.
– Hola Sebastián – dijo ella.
– ¡Hola Rosario ! ¿Qué tal?¿Me
invitas a pasar? – hizo un mueca afirmativa y entré
en la casa, saludé a mi Tía, a mi tío
y a mis primos.
– ¡ Buenas noches ! ¿Cómo están?
– la única cortesía que se escuché fue
la de mi tía, pero en un tono más frío
que la vez anterior, me acerqué a la mesa y le di un
beso en la mejilla, ella se inclinó a la izquierda
porque inconscientemente le obstaculicé la visión,
esta vez el volumen del transmisor estaba más alto,
o ¿es que estaban más concentrados en aquel
aparato?
– ¿Qué tal tía?¿Te siguen desvelando
los medicamentos? –
– Si, si me siguen.... – mi tía pareció postergar
la contestación por atender al programa, me ofendió
un poco esa actitud, pero...al ver aquellos ojos vidriosos
mirar aquel aparato...¡ Me sentí extrañado
! ¡ Me asusté !
¿Era tan importante ese programa? ¡ No ! Era
una serie habitual de la programación televisiva; la
reacción era igual en mis primos, quienes aparentemente
estaban comiendo, más sus cucharas estaban en sus platos
y la comida tal vez hacía ya varios minutos que fue
servida.
– ¡Tía ! – levanté un poco la voz para
que me escuchara.
–Te he escuchado, pero este programa, es muy importante –
me sentí como el hombre invisible, comprendí
que no era bienvenido, no se me prestaba ninguna atención,
así que, ¿qué más podría
hacer? Me despedí de mi tía y de toda la familia.
Salí desconcertado, intentando a la vez comprenderlos.
Tiempo después de ésta última visita,
volví a la residencia de mi tía Martha dos veces
más; pero iban reduciéndose los temas de conversación
y ya ni me acompañaban a la puerta, el aparato que
habla y que emite figuras se había convertido en el
centro total de su atención. Era necesario olvidarme
de eso, tal vez seria algo pasajero, así que decidí
atender mis asuntos y retornar luego de algún tiempo,
aguardando que mi Madre regrese de viaje, hace una semana
se había ido a Lima .
Transcurrieron cerca de dos meses en los cuales me dediqué
totalmente a mi dependencia, visitar a los clientes, distribuir
los productos que vendía, hasta que un día recibí
una epístola de mi Madre que a la letra decía
así:
Trujillo Agosto de 1980
Querido Hijo.
Deseando que estés muy bien y espero disculpes la brevedad
de mi mensaje. Te comento que vuelvo la próxima semana,
no sabes lo bien que me ha ido en el viaje. La larga temporada
que he pasado en Lima, se ha visto seriamente prolongada al
haber sido invitada a Trujillo, y aquí me tienes en
esta ciudad, he visitado las ruinas de Chan-Chan, la impresión
que me ha causado conocer esta añeja ciudadela Chimú,
ha sido de las mejores. ¡Si vieras los frisos, los gigantescos
muros, las amplias plazas! y ¡Todo de barro! ¡Es
increíble! Bueno hijo, la próxima semana me
dirijo a Huanchaco un pintoresco balneario, quizá me
vaya a otros pequeños pueblos como por ejemplo Moche,
¡ tengo que aprovechar este singular y educativo viaje
!
P.D.: Deseo recordarte visites a tu tía Marta Marta,
mándale saludos de mi parte.
Tu
madre
Al terminar de leer esas líneas esbocé
una pequeña sonrisa y tuve cierta ambición por
visitar esos lugares también, luego fijé mis
ojos en el final de la carta y caí en la cuenta que
tenia que ir a ver a mi tía, debido a mi profesión
la había olvidado por completo en las últimas
semanas. Guardé la carta en el cajón de mi escritorio,
me levanté del sillón y raudamente arreglé
las cosas más importantes de mi trabajo, actividad
que duró un par de horas, las formas más rutinarias
se las encomendaría a mi empleado Ricardo, una persona
honesta, aunque algo lenta.
– ¡ Ricardo ! ¡ Ricardo ! – lo llamé, se
encontraba en el almacén, pero rápidamente a
pesar de su conocida lentitud atendió a mi llamada.
– ¡ Diga Señor ! – contestó con amabilidad.
– Ricardo atiende a las últimas personas que quedan
o las que lleguen más tarde, tengo que hacer algunas
cosas importantes.
– ¡ Si Señor !
– ¡ Ah ! De los Señores Pérez y Bernabé
me he encargado personalmente, además ya telefonee
a los proveedores, mañana llegan.
– Si, señor.
– Cierra máximo las 8:00 p.m. – le dije.
Cogí mi abrigo, me lo coloqué mientras salía
de mi oficina, con el propósito de visitar a mi tía,
caminé varias calles, al voltear a la derecha de la
calle Elías Aguirre y ya en la calle Alfonso Ugarte,
desde lejos divisé un gentío arremolinado cerca
del final de la quinta cuadra, paso a paso fui avanzando,
y pronto caí en la cuenta que ese tumulto estaba exactamente
frente a ¡ La casa de mi tía ! ¿Qué
es lo que sucede? Cavilé para mis adentros.
Un mal augurio me asaltó, algo andaba mal, muy mal,
pensé en mi tía, apareció en mi mente
la idea de que había podido sufrir un ataque de nervios,
una conmoción o algo parecido.
- ¡ Si sus nervios ¡ ¡ Sus nervios ! - dije
en voz alta.
Empecé a correr, por la calle tropecé con una
señora que al parecer vivía en la misma cuadra,
me aproximé preguntándole sobresaltado:
– ¿Qué ha pasado señora, le ha sucedido
algo a mi tía ! ¡ Dígame!
– ¡¡ Algo horrible !! ¡¡ Algo espantoso
!! – la vieja me respondió perceptiblemente consternada,
con la faz contrahecha, apenas se mantenía en pie,
y de no ser por su esposo que la tomaba del brazo, hubiera
caído. Me pareció que de aquella mujer, por
el estado deplorable que se encontraba no obtendría
respuesta alguna, más allá vi dos señoras
que se habían desmayado y al voltear mi vista en dirección
norte vi una ambulancia que seguramente venia a auxiliar a
varias de las personas que alrededor estaban conmocionadas.
- ¡¿Qué pasa !! - Pregunté, tratando
enérgicamente de abrirme paso entre la chusma.
– ¡¡ Permiso, permiso !! – grité – ¡¡
Permiso soy sobrino de la señora, son pariente, soy
pariente !! – vociferaba como un maniático, la gente
a pesar de oírme no me dejó pasar, oponían
una férrea resistencia, impulsada por su morbo y curiosidad;
sin embargo un bombero habló:
– ¡¡ Déjenlo pasar lo conozco, lo conozco
!! – gracias a esas palabras, por fin logré atravesar
esa muralla de personas y ¡¡ Ante mi apareció
el espectáculo más horrible que jamás
presencie !! ¡¡ Era dantesca la escena que tenía
ante mi y era horrible el olor que se percibía en la
habitación !! ¡¡ La sangre hervía
dentro de mi !! Un impulso automático me hizo llevar
las manos hacia mi boca, para evitar inhalar aquella espantosa
fetidez. Mucha gente no había soportado el horror retirándose
raudamente.
¿Debo narrar lo que ví? Pues lo que apareció
frente a mis ojos, no era mi familia, no era mi tía
ni tampoco mis primos, era algo que no pertenecía al
reino de los hombres, no era lo que conocemos por humanidad.
Alrededor de la mesa y como si fuera la hora de la cena, había
un grupo de cadáveres sentados frente al televisor,
sus cuerpos estaban en avanzado estado de descomposición,
quizás dos semanas decían unos; pero se mantenían
rígidos en sus sillas frente al proyector, que aún
seguía encendido.
Aquellos despojos por una incomprensible razón no habían
caído en la mesa, se mantenían sentados, sus
mandíbulas estaban sensiblemente desplegadas, como
una señal de admiración.
Sus rostros esgrimían unos gestos grotescos, a pesar
que difícilmente esa masa informe podría recibir
el nombre de rostro ya que las ratas los habían devorado
poco a poco, pedazo a pedazo.
¡¿ Qué inexplicable locura los había
atrapado !! ¡¿ Qué especie de maleficio,
de maldad había hecho que se dejaran morir así
!! ¡¿ Por qué habían permanecido
sin interesarse por nada a excepción de la televisión
!! Miré con consternación aquel aparato, aquel
maldito televisor, que parecía haber crecido, tomado
una siniestra y gigantesca forma, nadie de los presentes se
había atrevido a apagarlo, superando mi repugnancia,
jalé del cordón que mantenía conectado
el aparato a la corriente eléctrica e inmediatamente
y para aumentar la atmósfera macabra e incomprensible
de aquella mansión, saltaron chispas de la máquina
y se desmoronó.
El desplome del televisor fue el punto culminante de aquella
espeluznante experiencia, nadie nunca podrá responder
a todas las preguntas que tenia en la mente, quizá
también estaban en la imaginación de muchos
de los ahí presentes. Así fue que los vecinos
de la quinta cuadra de la calle Alfonso Ugarte vivieron la
noche más lúgubre de sus vidas.
Fin.